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Mes teresiano: cuidemos las relaciones

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Con frecuencia nos preguntamos qué quiere Dios de nosotros. Buscamos su voluntad como si se tratara de un designio oculto, elevado y difícil de descubrir. Esperamos quizá una señal, una respuesta clara, una misión extraordinaria que nos indique con certeza cuál es el camino que debemos seguir. Se nos olvida que, muchas veces, Dios se encuentra mucho más cerca de lo que imaginamos.

Santa Teresa de Jesús no deja demasiado espacio para las excusas: «Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor» (Quintas Moradas, 3-11). Y esas obras no tienen por qué ser grandes ni extraordinarias. Pueden comenzar por algo tan sencillo como ceder en una discusión intrascendente, acompañar a quien sufre o renunciar a algo propio para aliviar el dolor de otro o 

Cinco siglos después, León XIV nos recuerda algo muy parecido cuando invita a «salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva»: la mesa compartida, la comunidad que se reúne, la visita a quien está solo o el servicio a los pobres. Son, en sus palabras, «signos de una humanidad que sigue creyendo que cada cuerpo es templo del Espíritu y casa de Dios» (Magnifica Humanitas, 239).

Quizá hacer la voluntad de Dios sea, en muchas ocasiones, mucho más fácil y concreto de lo que pensamos. No siempre consiste en descubrir qué gran cosa estamos llamados a hacer, sino en reconocer a quién tenemos delante y preguntarnos qué necesita de nosotros. Porque amar a Dios pasa necesariamente por amar al prójimo. Y el prójimo no suele aparecer en circunstancias extraordinarias. Tiene un rostro, un nombre, una historia y está, con frecuencia, mucho más cerca de nosotros de lo que quisiéramos reconocer.

Lo pequeño, lo cercano, no siempre resulta atractivo. No genera titulares, aplausos ni reconocimiento. Pero quizá precisamente por eso el Dios que nació en un pesebre y murió en una cruz ha querido manifestarse de manera especial ahí.