Vivimos en un tiempo en el que gracias a la tecnología podemos hacer algo que hace apenas unas décadas habría parecido imposible: hablar en tiempo real con alguien que está a miles de kilómetros, ver la cara de una persona que se encuentra al otro lado del mundo o enviar un correo electrónico que llegará en cuestión de segundos al otro lado del océano.
Podemos estar presentes en muchos lugares sin movernos del sitio. Incluso, podemos estar presentes en varios lugares a la vez. Una pantalla nos permite asomarnos a otras ciudades, otras realidades y otras personas. Podemos participar en una reunión desde nuestra casa mientras vemos un vídeo o escuchamos un podcast de fondo. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para estar.
Pero quizá precisamente por eso resulte necesario preguntarnos qué significa realmente estar presentes.
Santa Teresa de Jesús, cinco siglos atrás, advertía ya de que no todas las formas de estar son iguales: «Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del Castillo» (Primeras Moradas, 1). Para Teresa, no basta con estar físicamente en un lugar. Se puede estar cerca y, sin embargo, permanecer lejos. Se puede vivir un momento sin llegar verdaderamente a habitarlo.
Hoy, en un mundo atravesado por las pantallas, las notificaciones y la conexión permanente, esta intuición adquiere una actualidad sorprendente. Podemos estar hablando con alguien mientras nuestra atención está puesta en algo paralelo. Podemos compartir una comida mientras miramos el teléfono. Podemos oír sin escuchar, mirar sin contemplar y vivir un momento mientras nuestra cabeza ya está en el siguiente.
Se puede estar presente en el presente de muchas maneras, pero no todas nos plenifican por igual.
Quinientos años después, León XIV retoma esta preocupación cuando habla de la necesidad de promover una verdadera «higiene de la atención»: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura y análisis ponderado, porque, sin estos espacios, «la libertad interior puede verse comprometida» (Magnifica Humanitas, 146).
El peligro de vivir distraídos no consiste solamente en que aumenta el riesgo de equivocarnos. El gran peligro es, sobre todo, que podemos llegar a pasar por la vida sin llegar a vivirla plenamente.
Teresa de Jesús y León XIV, separados por cinco siglos, parecen encontrarse así en una misma invitación: no conformarnos con estar simplemente presentes, sino aprender a estar de verdad. A recuperar la atención como una forma de libertad y la presencia como una manera de vivir más plenamente aquello que tenemos delante.