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Mes teresiano: Jesucristo. Camino, verdad y vida,

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“Si el misterio de Dios-Amor es la fuente de la Doctrina social, su rostro más concreto lo contemplamos en Jesucristo, Verbo encarnado. Haciéndose hombre, el Hijo de Dios entra en la historia y en nuestra carne, trayéndonos el amor que lo une al Padre y al Espíritu Santo. «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», [53] porque su humanidad es plenamente libre, abierta a los demás, capaz de construir relaciones solidarias y preciosas, y entregada al don total de sí.” (49)

“He visto claro que por esta puerta (la de la humanidad de Cristo) hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado.” (V, 22-6.)

Hay momentos en los que la vida cristiana puede llegar a complicarse mucho. A lo largo del camino aparecen las dudas, las inseguridades, el cansancio e incluso la desconfianza. Queremos hacer las cosas bien, queremos que Dios ocupe el centro de nuestra vida, pero no siempre sabemos con claridad cómo hacerlo. 

A veces nos pasa que aquél mensaje de Jesús que un día alguien nos transmitió con entusiasmo y que nosotros acogimos con fuerza, con ilusión y con la convicción de que podía cambiar nuestra vida, puede ir perdiendo intensidad con el paso del tiempo. De tanto escucharlo, de tanto repetirlo, corremos incluso el riesgo de que las palabras que un día nos interpelaron profundamente terminen sonándonos conocidas, pero vacías. Sabemos lo que dice el Evangelio, pero quizá nos cuesta encontrar la conexión entre aquella Galilea llena de pescadores y fariseos de hace dos mil años y el mundo de hoy, lleno de algoritmos, incertidumbres laborales y relaciones cada vez más complejas.

Santa Teresa de Jesús y León XIV nos recuerdan que la respuesta a nuestras dudas siempre es volver a Jesús. Teresa lo expresa con una claridad extraordinaria cuando afirma que la humanidad de Cristo es la puerta por la que debemos entrar si queremos acercarnos al misterio de Dios. León XIV, por su parte,  retoma esta misma idea en Magnifica Humanitas cuando cita la encíclica Gaudium et Spes y dice que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Dios no quiso permanecer como una idea abstracta o como un misterio inaccesible, sino que entró en nuestra historia y asumió nuestra carne. En Jesucristo, Dios se hace concreto; asume nuestra condición y se hace uno de nosotros.

Por eso, cuando no sepamos muy bien hacia dónde tirar, quizá  no necesitemos buscar respuestas demasiado lejos. Tal vez baste con volver a abrir el Evangelio y mirar otra vez a Jesús. Mirar cómo trata a quien sufre, cómo se acerca al que está solo, cómo perdona, cómo consuela, cómo corrige, cómo escucha, cómo ama, cómo se entrega y cómo es capaz de mirar a cada persona como si fuera la única que tiene delante.

Han pasado siglos y han cambiado muchas cosas, pero el anhelo profundo del ser humano sigue siendo el mismo. Y para saciarlo, sólo una Persona: Jesucristo. Camino, Verdad y Vida