“Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla.” (Magnifica Humanitas, 50)
“Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima.”
(1M, 1-1)
Vivimos en un mundo en el que hemos asumido que todo tiene que demostrarse. Parece que nuestros éxitos nos conceden autoridad, nuestros bienes nos otorgan reconocimiento y la mirada de los demás —ahora también cuantificada en seguidores, “me gusta” y visualizaciones— parece tener algo que decir sobre quiénes somos y cuánto valemos.
Frente a esta mentalidad, tan propia de nuestro tiempo y, al mismo tiempo, tan antigua como el propio ser humano, Santa Teresa de Jesús y León XIV, separados por más de cinco siglos de historia, coinciden en señalar que el asunto va por otros derroteros. Ambos nos invitan a desplazar la mirada de aquello que hacemos, poseemos o conseguimos hacia aquello que somos.
Al hablar del alma humana, Santa Teresa escribe que basta saber que Dios la ha hecho “a su imagen” para comprender su “gran dignidad y hermosura”. Para Teresa, la grandeza del ser humano no reside, en primer lugar, en lo que hace, consigue o demuestra, sino en quién lo ha creado y para qué lo ha creado.
Cinco siglos después, León XIV vuelve sobre esta misma intuición en Magnifica Humanitas. En el número 50 afirma que cada persona ha sido creada “a imagen y semejanza” de Dios y que su dignidad no depende de sus capacidades, de sus riquezas ni del papel que desempeña. El ser humano posee un valor propio que no tiene que ganarse, porque su dignidad nace de un don que le precede y le supera: el amor de Dios, un amor que no depende de nuestros aciertos o fracasos y que, precisamente por eso, nunca falla.
Teresa y León nos recuerdan así que la dignidad no es un premio ni una cima que conquistar, sino nuestro punto de partida. Y esto cambia radicalmente las reglas del juego, porque si somos creados y amados incondicionalmente, entonces ya no hay vidas de primera y de segunda. Ser hijos e hijas de Dios nos convierte, antes que nada, en hermanos y hermanas, iguales en dignidad y llamados a vivir desde la certeza de que estamos en este mundo para amar y, quizá todavía más importante, para descubrir que también nosotros hemos sido hechos para sentirnos amados.