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Lugares significativos

Ávila

La ciudad amurallada de Teresa de Jesús, es un lugar sagrado para la Familia Teresiana. La Iglesia de la Santa erigida en el mismo lugar de la casa paterna, donde ella nació, custodiada por los Padres Carmelitas, es un lugar de encuentro para todos los teresianos y teresianas del mundo.

Además, esta ciudad tiene un simbolismo clave para la espiritualidad Teresiana: sus murallas y sus puertas representan esa alegoría de “entrar dentro” que nos lleva al encuentro personal de amistad con el Jesús de Teresa. La solidez de sus torreones que la circundan nos habla de la fuerza Teresiana que la caracterizó y que es herencia para quienes compartimos su carisma.

En Ávila también la Compañía de Santa Teresa de Jesús mantiene una casa de Espiritualidad, que en un inicio fue noviciado de las hermanas. Esta casa es testigo de la transformación y la entrega de muchos corazones generosos que han querido seguir las huellas de Teresa; una casa que hoy favorece la búsqueda de quienes se aventuran como Teresa en el itinerario espiritual que nos lleva a apretar el “ñudo que junta dos cosas tan desiguales”.

Alba de Tormes

Para la Familia Teresiana, Alba de Tormes tiene un significado doble: por una parte es en este lugar, en el Convento de la Anunciación, fundado por Santa Teresa, donde se da el encuentro definitivo, tan ansiado por ella. Dios la llama mitad de su camino de regreso a Ávila. La Andariega de Dios tiene que desviarse a Alba sin ella saber que esa sería su última y definitiva parada, pues ahí, después de su muerte y un largo peregrinar, se conservan también sus restos mortales.

Por otra parte, para Enrique de Ossó, Alba de Tormes es un lugar sagrado, marcado por la presencia del corazón transverberado de Teresa. Ese corazón al que Enrique se sentía profundamente vinculado por el amor encendido a Jesús que dejó una huella imborrable. Con las 700 jóvenes de la Archicofradía Teresiana de Tortosa, regaló un corazón de plata para que descansara lo más cerca posible del de la Santa.

Enrique de Ossó procuraba ir a Alba de Tormes a presentarle a Teresa sus proyectos apostólicos teresianos, pidiéndole que los bendijera y los orientara a ese fin único que tenían todos sus proyectos: que Jesús sea conocido y amado.

La Peregrinación a la Cuna y Sepulcro de la Santa en el verano de 1877 fue un acontecimiento Teresiano sin parangón del apóstol Teresiano, en el que participaron 4.000 personas.

Tortosa

Esta ciudad tiene un eco permanente que nos envuelve en la vida de Enrique de Ossó; desde su época de seminarista hasta el final de sus días, Tortosa lo vio subir y bajar sin descanso en un único afán: “ser siempre de Jesús, su ministro, su misionero de amor y de paz”

Enrique de Ossó inició aquí la construcción de la primera casa de formación de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, y fue este proyecto el crisol de su santidad.

Él, el apóstol Teresiano del siglo XIX, hizo de Tortosa un foco de irradiación Teresiana, convirtió, tanto la ciudad, como la diócesis de Tortosa en lugar de relaciones y de encuentros con Teresa de Jesús. En nuestros días ese anhelo sigue vivo en el Centro de Espiritualidad, a través del proyecto IDEO, que sigue ofreciendo al mundo el Teresianismo de Enrique de Ossó como fuente de renovación espiritual para España y para el mundo, como él soñó.

Montserrat

El Santuario de la Virgen de Montserrat nos vincula a la Familia Teresiana con una entrañable dimensión de la espiritualidad de Enrique de Ossó: su amor a María, “Bendita Reina de las Gracias”.

A esta montaña y a la Virgen de Montserrat están asociados, momentos muy significativos en la vida de Enrique y sus obras teresianas.

Enrique “visitaba muy a menudo a la Virgen, a veces sólo para recoger su espíritu y pedir inspiración en sus empresas. Otras veces con sus religiosas para enfervorizar su espíritu y adiestrarlas en la devoción a Nuestra Señora.

Al crecer la Compañía y desplegar su vuelo más allá del mar, encomienda a las hermanas a la protección de la Moreneta y proféticamente escribe: A vuestra montaña subieron las almas esforzadas, vuestras Hijas, ¿no las conocéis?, antes de surcar los mares e irse a anunciar la buena nueva en África y América. Allí están trabajando, y desde allí vuelven su mirada hacia Vos”.

Desierto de Las Palmas

El entronque Desierto de las Palmas-Enrique de Ossó no es sólo ni principalmente un hecho histórico, sino ante todo un acontecimiento espiritual de grandiosas proporciones. En la biografía íntima de Enrique, el Desierto de las Palmas es un lugar de privilegio, en el que pasó muchas temporadas. La soledad sonora de esencias teresianas de este lugar ejercía sobre él un atractivo irresistible.

En estas montañas impregnadas de teresianismo escribió muchas de las mejores páginas de su aventura personal y también de sus empresas apostólicas, como él mismo confiesa: “Aquí, a la sombra de la protección de Teresa de Jesús, bajo el techo de su privilegiada casa de oración, rodeado de almas buenas que constantemente se ocupan en orar, nuestra querida Madre Teresa de Jesús me inspirará cosas que sin estas circunstancias jamás se me hubiesen ocurrido…”

Sancti Spiritus

Enrique de Ossó, en enero de 1896 se retiró al Convento a Sancti Spiritus, en Gilet (Valencia). El día 6 empezó los ejercicios espirituales que se prolongaron hasta el día 13. Había empezado a escribir algunos libros y prosiguió escribiendo algún otro, como Un pequeño tratado sobre la vida mística. Murió allí la noche del 27 de enero. Tenía 56 años.

“Este día se retiró por la noche a la hora de costumbre y se puso a escribir, ya cerca de las once se acostó. Al meterse en la cama se sintió enfermo. Como no había celdas contiguas, se levantó y subió unos escalones para pedir auxilio; dio varios golpes a la puerta central y salió inmediatamente un padre y el vigilante de noche. Ya lo encontraron en el suelo y con la cabeza caída hacia el pecho. Entre los dos lo trasladaron a la cama y conservó, por breves momentos, el habla y la razón. Viendo los padres que parecía agonizar, le dieron la absolución y entregó plácidamente el alma al Señor, a las once y media de la noche, poco más o menos…” (Testimonio de fray Buenaventura Ivars)

Fue enterrado en el mismo cementerio del convento, el día 28. Posteriormente, en 1908, sus restos fueron trasladados a la capilla del noviciado de la Compañía, en Jesús-Tortosa.

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